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Alertan sobre la necesidad de mejorar la rigurosidad en las noticias que involucran estudios médicosADJUNTO

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BUENOS AIRES, julio 30: Especialistas argentinos coinciden que la información que circula en los medios debe ser chequeada por periodistas y divulgadores, para evitar falsas expectativas o errores a la hora de informar. Para eso, es fundamental distinguir la rigurosidad y la seriedad de cualquier trabajo en materia de salud. Se estima que sólo el 5 por ciento de los avances de laboratorios llegan a un tratamiento práctico.

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La divulgación científica vienen ganando terreno desde hace años, una tendencia mundial que se refleja en el país. En el caudal informativo, los materiales vinculados a la salud son los que más abundan, en especial cuando se trata de nuevos tratamientos o posibles medicamentos para combatir distintos males. Pero muchas veces en el afán de informar, los científicos y los periodistas pueden ser poco rigurosos. Especialistas argentinos coinciden que es necesario “distinguir las bases científicas de investigaciones y artículos que las difunden”, para evitar confusiones o falsas expectativas. Se estima que sólo el 5 por ciento de los supuestos avances que se anuncian en u laboratorio, por ejemplo, llegan a tener aplicación práctica.

Las notas basadas en papers o estudios publicados en distintas revistas científicas suelen ser llevados a las noticias sin mayores recaudos. Por eso, los especialistas piden a los divulgadores que pongan especial énfasis en detectar fallas en los estudios. “Cuando se analiza un estudio es importante que los autores detallen el diseño del trabajo para que el lector pueda evaluar la metodología y calidad de los resultados obtenidos y, por supuesto, si la investigación está en una fase intermedia y si tendrá una duración mayor a largo plazo”, destacó en una nota publicada en la Agencia CyTA Irina Kovalskys, docente de la carrera de Nutrición de la Universidad Favaloro, quien también coordinadora del comité de nutrición del Instituto Internacional de Ciencias de la Vida (ILSI).

Para Ivan Oransky, médico, periodista, ex editor ejecutivo de Reuters Salud en Nueva York y vicepresidente y director editorial de MedPage Today, en Estados Unidos, es preciso que los editores, los periodistas y también los lectores estén entrenados para distinguir si un estudio científico está basado en pruebas rigurosas y si fue diseñado e implementado en forma cuidadosa. “Es fundamental que los comunicadores tengan una formación para saber interpretar las investigaciones. También es importante que tengan el compromiso ético de difundir trabajos basados en evidencias sólidas”, afirmó.

En esa misma nota, Diego Golombek, investigador en neurociencias de la Universidad Nacional de Quilmes y divulgador científico, subrayó que es común confundir causa con correlación en cualquier tipo de estudios, y esto se hace particularmente acuciante en las investigaciones clínicas. “Esto solo se soluciona revisando si el diseño experimental es riguroso y adecuado, lo que no siempre se describe en su totalidad en las crónicas periodísticas o en los informes académicos de difusión institucional”, puntualizó Golombek, autor, entre otros libros, de “Demoliendo papers. La trastienda de las publicaciones científicas” (Siglo XXI).

Kovalskys explicó que si un estudio transversal encuentra que las niñas tienen más sobrepeso y que las mismas niñas hacen menos actividad física que los varones, no se puede concluir que tienen exceso de peso porque realizan menos ejercicio. “Esta conclusión sería errónea, a menos que dicha correlación se analice por sí misma y de manera prospectiva (a largo plazo)”, afirmó la especialista. Especialmente en temas de nutrición, añadió, no es infrecuente encontrar estudios que “convierten” una mayor frecuencia de determinada conducta en un factor causal de enfermedad o de prevención de otra, cuando quizás se trata de una simple correlación. “Quizás, es por eso, que son tantos los alimentos y nutrientes que supuestamente causan o previenen determinadas enfermedades”, aseguró.

Uno de los principales aspectos a considerar en un trabajo de investigación es la muestra que ha sido tomada para la realización del estudio. Por ejemplo: si un estudio concluye que los argentinos reciben una alimentación inadecuada en hierro, el estudio debería basarse en una muestra adecuada que represente a toda la población argentina, indicó Kovalskys. “Pero como ese tipo de estudios es muy costoso, muestras pequeñas y no representativas pueden arrojar resultados sesgados”, destacó.

La rigurosidad de una investigación está determinada por muchos factores, que van desde un diseño correcto hasta la expresión adecuada de sus resultados. Por ejemplo, en los estudios donde se prueba, por ejemplo, la efectividad de una determinada intervención, la “aleatorización” o distribución al azar de los participantes es una medida de fiabilidad. “De esa forma, se evita que sea el investigador quien consciente o inconscientemente ‘elige’ a quien darle la intervención y se pierde la igualdad de la muestra”, explicó Kovalskys.

En ese sentido, Golombek mencionó la técnica del “doble ciego”: además de los investigadores, es preciso que el grupo placebo y el que recibe el tratamiento no sepan a cuál de ellos pertenecen, así se elimina el sesgo subjetivo involucrado. “Solo así se obtienen datos rigurosos y comparables con otros estudios”, puntualizó. Por otra parte, afirmó que siempre es importante considerar las fuentes de los artículos periodísticos de ciencia: si son trabajos publicados en revistas internacionales con revisión por pares o si se basan en informes preliminares.

“Asimismo, importa el prestigio académico de los autores del estudio, y en algunos casos considerar su afiliación si el trabajo responde claramente a una línea relacionada con un estudio clínico apoyado por la industria farmacéutica. No es obligatorio desconfiar, pero siempre será útil contar con una investigación independiente que valide los resultados”, destacó.

También puede suceder, añadió Golombek, que los resultados, aun preliminares o de correlación, sean muy atractivos en el sentido periodístico, por lo que la tentación de informarlos antes de tiempo o de manera errónea sea muy alta.

De acuerdo a Oransky, un periodista debe cerciorarse sobre los conflictos de interés que puedan girar en torno a un estudio. “Es preciso averiguar si la información, la revista o los trabajos que publica (un grupo de investigadores) están influenciados por la financiación y por los intereses de determinadas fuentes privadas”, concluyó.

Avances (poco) prácticos

En muchos casos, las noticias sobre nuevos tratamientos médicos incluyen estudios exitosos en ratones, que se anuncian con “bombos y platillos”, pero que después no lograr plasmarse en una solución práctica para humanos. Es que el camino entre los buenos resultados de un experimento en ratones y un medicamento, por ejemplo, suelen ser años de trabajo y mucha suerte. Por eso, se estima que sólo el 5 por ciento de los avances obtenidos en laboratorios se plasman en un tratamiento práctico.

Los datos surgen de un análisis realizado por la revista especializada PLOS (Public Library of Science), que determinó que “solo un 5 por ciento de los grandes descubrimientos se ha materializado en algo práctico para las personas 10 años después”. Bajando las expectativas, solo el 11 por ciento de los “agentes” (moléculas, posibles fármacos) que entran en el proceso son finalmente comercializadas.

Además, en otra revisión publicada en la misma revista se calcula que de 4 mil ensayos para enfermedades neurológicas, el 40 por ciento dieron resultados estadísticamente significativos. “Unos datos demasiado buenos para ser verdad”, dice en Nature John Ioannidis, profesor de la Universidad Stanford de California.

Por esto, los especialistas recuerdan que “lo que se dice cada vez que se publica un trabajo de un avance científico en animales: se trata de algo preliminar que tardará unos 10 años en llegar a los hospitales”.