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VIENDO 15/6/15
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Un premio Nobel denuncia a la industria farmacéutica por detener investigaciones poco rentables

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LONDRES, julio 12: Se trata de Richard J. Roberts, quien asegura que los grandes laboratorios ponen sus beneficios económicos por delante que los avances científicos. “La investigación en la salud humana no puede depender sólo de la rentabilidad económica de ciertas empresas”, alerta. De esta forma, el especialista vuelve a criticar el accionar de los laboratorios multinacionales.

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El Programa Remediar destaca el rol de los laboratorios públicos en la distribución de medicamentos
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BUENOS AIRES, agosto 8: Son plantas de provincias, municipios u hospitales que proveen fármacos de calidad a menor valor, para ser distribuidos en todo el país por el plan nacional. Como ejemplo pusieron al Laboratorio Industrial Farmacéutico de Santa Fe (LIF), que en lo que va del año entregó más de 100 millones de comprimidos. Este año, se entregó el botiquín número 2 millones en 11 años de labor.
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En tres años podría estar lista la vacuna contra el Chagas
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EE.UU, agosto 22: Un grupo de investigadores de México y de Estados Unidos están trabajando en el desarrollo de una vacuna terapéutica que sea capaz de detener la enfermedad de Chagas y esperan poder ponerla al alcance de la población en los próximos tres años.

Desde hace un tiempo que Richard J. Roberts, premio Nobel de Medicina, tiene a la industria farmacéutica en la mira. Ya en mayo de este año había denunciado a un portal europeo que “curar enfermedades no es rentable” para los grandes laboratorios, desnudando la trama secreta detrás de uno de los sectores más codiciosos del capitalismo moderno. Esta semana el especialista volvió a la carga contra la política de las empresas productoras de medicamentos, y las acusó de anteponer sus negocios antes que la salud mundial. En una nueva crítica al sistema imperante en el mundo, Roberts se quejó porque “la investigación en la salud humana no puede depender sólo de la rentabilidad económica de ciertas empresas”.

En esta nueva crítica al sector farmacéutico, el Nobel de Medicina denunció a “los grandes consorcios farmacéuticos que operan bajo un concepto capitalista, colocando primero los beneficios económicos a los de la salud de las personas y deteniendo el avance científico en la búsqueda de curas a enfermedades que son rentables para ellos”.

En una entrevista dada a la página PijamaSurf, el científico señala que la investigación en la salud humana “no puede depender sólo de la rentabilidad económica de ciertas empresas”. “La industria farmacéutica quiere servir a los mercados de capital, el error es que no se trata de una industria más en el mecanismo económico, sino que estamos hablando de nuestra salud y nuestras vidas y las de nuestros hijos y millones de seres humanos”.

Roberts acusa a las farmacéuticas de olvidarse de “servir a las personas y preocuparse sólo de obtener beneficios económicos”. “He comprobado cómo en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas muy eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad”, explica.

Roberts añade que las empresas dejan de investigar porque “las farmacéuticas a menudo no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento”.

Ante esto, señala que es habitual que la industria esté interesada en líneas de investigación no para buscar curas a ciertas enfermedades, sino que “sólo para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más rentables que los que curan del todo y de una vez para siempre. Y no tiene más que seguir el análisis financiero de la industria farmacológica y comprobará lo que digo”.

Richard John Roberts nació en Derby, Inglaterra, en 1943. Estudió inicialmente química, posteriormente se traslada a Estados Unidos, donde desarrolla actividad docente en la Universidad de Harvard y en el Cold Spring Harbor Laboratory de Nueva York. Desde 1992 dirige los trabajos de investigación de New England Biolabs, en Beverly.

Obtuvo el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1993, compartido con Phillip A. Sharp, por su trabajo sobre los intrones, fragmentos de ADN que no tiene nada que ver con la información genética. Pudieron describir que la información depositada en un gen no estaba dispuesta de forma continua, sino que se encontraba fraccionada. Los primeros experimentos los realizaron sobre material genético de virus, particularmente de adenovirus. Ambos llegaron a la conclusión de que el ARN ha tenido que preceder en la evolución al ADN.