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VIENDO 7/8/19
Opinión

#Opinión

El futuro científico del país: el problema de la ciencia argentina es político

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Opinión

BUENOS AIRES, agosto 7: Erica Hynes, Ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva del Gobierno de Santa Fe, habla del futuro de la investigación científica en la Argentina, en medio de una campaña presidencial.

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BUENOS AIRES, octubre 16: Si bien se usa para paliar el dolor en pacientes con cáncer terminal, sus beneficios para enfermedades como la artrosis no están comprobados.
#Regulaciones
Farmacéuticos pampeanos quieren saber alcances del proyecto para regular farmacias
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SANTA ROSA, octubre 14: Pedirán una audiencia con el legislador Espartaco Marín, que la semana pasada anunció la inminente presentación de un proyecto para regular la distancia entre mostradores. Desde el Colegio de Farmacéuticos negaron que hayan sido consultados, por lo cual quieren conocer de primera mano los alcances de la iniciativa.

Esta semana asistimos a una nueva ronda de debate sobre el futuro de la ciencia argentina. Al estar en medio de una campaña presidencial es de esperar que un tema tan trascendental se sume a la agenda política. Lo que no era de esperar es el empobrecimiento del debate, hasta llegar a los términos de los que fuimos testigos. Quienes formamos parte de la comunidad científica tenemos la responsabilidad de comprometernos y participar. Con esta convicción hace años que integro equipos políticos y de gestión en ciencia y tecnología en el ámbito universitario y en el gobierno de Santa Fe. Como aporte al debate hay algunos puntos que creo importante destacar:

1-Nuestro sistema científico es una joya heredada, valiosa por lo material pero más por lo simbólico. Una cantidad de artículos, tesis y consultorías sobre nuestra manera de hacer ciencia, la forma en que se distribuyen los recursos, los grupos que logran captarlos, las estrategias de vinculación entre la del conocimiento y el entramado productivo pueblan las bibliotecas. Tanta atención y despliegue hacen pensar que estamos ante un sector de mucha gravitación en nuestra economía y nuestra sociedad.

Sin embargo, no lo es. Los números coinciden en que América Latina produce el 5,2 por ciento de las publicaciones científicas en el mundo y de ese conjunto Argentina contribuye mucho menos que Brasil. En términos materiales nuestro país nunca logró alcanzar la anhelada meta del 1 por ciento de inversión en ciencia. El estado no demostró hasta ahora suficiente capacidad para lograr el desarrollo estratégico del sector, para que contribuya a resolver problemas clave de nuestra economía, de la cuestión pública y de los déficits estructurales de nuestra sociedad.

2-Los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández pusieron bajo el reflector a la ciencia y a las personas que hacen ciencia. En un primer período incrementaron salarios, algo que luego la inflación fue desdibujando pero quedó marcado como un hito histórico. Lo más importante fue que en esos años las personas que forman parte del CONICET se hicieron visibles ante la sociedad. Lo que Amilcar Herrera llama “las políticas explícitas” de ciencia y tecnología devolvieron autoestima y le dieron identidad al sector, sobre todo porque quienes estuvieron al mando de estos cambios fueron científicos. Pero los grandes lineamientos de instrumentos de políticas no cambiaron: el último rediseño de los financiamientos fue en los ‘90 de la mano de los equipos que introdujeron los instrumentos del BID, y con la excepción de los fondos sectoriales FONARSEC y algunos cambios institucionales en el CONICET, no hubo grandes novedades.

3-No ocurrió lo mismo con la agenda implícita, es decir las políticas macro del gobierno no se sirvieron del sistema científico tecnológico para generar el conocimiento y la tecnología que necesitaban, tal vez porque no lo necesitaban tanto. Salvo algunas excepciones como el INVAP o la política satelital, la ciencia estuvo ajena de las grandes decisiones de los gobiernos. El agro, la minería, la industria, toda la economía argentina siguió caminos impulsados por otras fuerzas, sin interpelar el desarrollo tecnológico propio. La cartera de planificación resolvió sus necesidades de ingeniería con consultoras privadas, de la comunicación de la ciencia – Tecnópolis, Encuentro, etc.- se ocuparon comunicadores y técnicos contratados por algunas universidades. El diseño de políticas sociales, educativas, de tratamiento de consumos problemáticos, de gestión de las economías informales, fue por separado de las investigaciones de alta calidad sobre el tema que ya existían en los centros científicos, y en algunos casos se dio el camino inverso: las investigaciones fueron después a estudiar instrumentos de políticas ya aplicados y a dotarlos de un sentido y una epistemología retroactiva.

4-A partir del gobierno de Cambiemos, ninguna de estas críticas pudo ya ser expresada, porque en un contexto de ajuste y subejecución de presupuestos, estas reflexiones no podrían más que ser tomadas como apoyo al cierre de programas, al número inferior de ingresos a CONICET, al recorte de partidas y proyectos. En efecto, las promesas de campaña del macrismo de favorecer y alentar el desarrollo de la economía del conocimiento se desvanecieron rápidamente en el aire. Los casos auspiciosos de la política nuclear o satelital, en lugar de mejorarse se ralentizaron, suspendieron o privatizaron, y se bajaron los estándares básicos que se habían alcanzado en materia de fondos para funcionamiento, infraestructura y cantidad de investigadores. La economía del país se separó cada vez más de la necesidad de contar con producción y gestión del conocimiento propios: las políticas implícitas se volvieron directamente contrarias a la vinculación de la economía con la producción local de ciencia y tecnología. En ese contexto, algunas políticas que se intentaron llevar a cabo desde 2016 tuvieron poco impacto y se ganaron la hostilidad del sector científico.

5-La falta de interés por una política científica para el sistema universitario público ha sido una constante en los últimos cuatro gobiernos, a pesar de que la mayor parte de la I+D pasa de una forma u otra por las universidades. Una de las cuentas pendientes de la ciencia argentina es articular el CONICET con las universidades nacionales de una manera racional y con una mayor capacidad de co-gestión y diálogo. Actualmente, la política universitaria está centrada en la enseñanza, en menor medida en la extensión, y sólo marginalmente aparecen algunos programas de I+D. Con la excepción de las universidades que tienen fuerte vínculo con el CONICET, las demás no han encontrado en la Secretaría de Políticas Universitarias planes reales de desarrollo de la función investigación. Si un sector tan grande del sistema científico como son las universidades carece de políticas centrales y de articulación con el CONICET desde hace décadas, qué esperar de otros organismos como el INTA, el INTI, CNEA, CONAE y decenas de otros organismos de investigación.

No es solo una cuestión presupuestaria

A pesar de la gravedad del ahogo presupuestario, ese no es el principal problema del sistema científico y tecnológico argentino, sino la falta de un encuadre en el rumbo general de las políticas públicas, la falta de articulación y sobre todo la poca capacidad del estado para encontrar los problemas que son nudos tecnológicos, económicos y sociales para el desarrollo de nuestro país y su traducción en forma de políticas públicas de alta calidad – líneas de financiamiento de proyectos, formación y radicación de recursos humanos, compra de grandes equipamientos, centros interdisciplinarios, financiamiento de acciones de vinculación, etc. - Este trabajo es necesario para que los científicos puedan abordar estas problemáticas y contribuir a resolverlas. Los saberes técnicos de los equipos son importantes: para hacer política científica se necesita conocer el sistema científico, sus reglas, sus actores y contar con legitimidad, pero también se necesita saber diseñar instrumentos de política, planificarla, medir su impacto, entender la relación crucial entre tecnología y economía, y beneficiarse de los conocimientos que la ciencia puede aportar a sociedades más justas y democráticas.

La capacidad de intervención estatal debe construirse y comprometerse en diálogos participativos con el sector científico, el sector productivo, las organizaciones de la sociedad y el propio estado. La tradición de reflexionar acerca de hacer ciencia es de larga data y gran calidad en nuestro país, por eso sorprende que año tras año se reediten discusiones acerca de la utilidad de la ciencia o el valor del paper, o que se publiquen artículos con conceptos que Herrera o Jorge Sábato ya pusieron negro sobre blanco hace décadas. En un contexto de polarización electoral como el que atravesamos, donde el debate se empobrece a términos inesperados, perdemos la oportunidad de hacer una lectura clara de la realidad: cuál es la fuerza de la ciencia argentina y sus posibilidades, dónde estamos parados, y cuál debe ser nuestro norte en el mapa de ruta de un país que debe desarrollarse, dar mayores oportunidades a las personas, y disminuir las enormes desigualdades que existen. Como siempre, el principal problema es político. La ciencia argentina depende del país que queremos y podemos construir.