#Opinión: Debates actuales: el imaginario social de los medicamentos psicofármacos
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Debates actuales: el imaginario social de los medicamentos psicofármacos

Adjunto #Opinión

BUENOS AIRES, noviembre 5: Susana Seidmann, decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Belgrano, escribe esta columna de opinión en el diario Perfil sobre estos medicamentos y su auge actual.

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Opinión

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Qué es un psicofármaco? ¿Para qué sirve? ¿Cuándo y cómo se utiliza? Estas preguntas no tienen respuestas únicas. Si comenzamos por la definición habitual, se considera que un psicofármaco es una sustancia química que ejerce una influencia sobre los procesos mentales. Opera sobre el sistema nervioso central, en sus células y conexiones, y produce modificaciones sobre la conciencia, la conducta, la percepción. Coadyuva, en determinadas entidades psicopatológicas, siendo su uso determinante para el control de sintomatología grave, a la generación de cambios, reduciendo ciertos síntomas molestos y facilitando su elaboración mediante la psicoterapia.

Su uso indiscriminado, como cualquier forma no controlada por ciertos expertos, puede producir severas consecuencias para la salud y también para la vida. El psicofármaco se volvió un tema cotidiano, oscilando de la mención explícita y habitual al ocultamiento vergonzoso. Para los psiquiatras, es una herramienta poderosa con el fin de tratar ciertas dolencias y conflictos psíquicos. Pero frente a su uso indiscriminado, existen diferentes posiciones, muchas de ellas en abierta contradicción y otras que muestran aspectos parciales del fenómeno.

En una posición extrema y desde una perspectiva psicoanalítica, Emiliano Galende plantea que el uso del psicofármaco se relaciona con la ilusión de no ser, negando las contradicciones que se vivencian en la realidad y llevando a una tranquilidad, sin cuestionamiento del conflicto social de la realidad. Implica “calmar la ansiedad, vivir sin angustia, poder dormir, aliviar la tristeza y el decaimiento”.

Relaciona el uso del psicofármaco con el fenómeno de la globalización de la economía, la existencia de un mercado que incentiva el consumo, incluso en el área de la medicalización. Plantea, por el contrario, la eficiencia del psicoanálisis para abordar los conflictos de la existencia, la relación con el otro, con la vida social y su desempeño. Para el autor, es importante abordar el conflicto mediante la palabra y los significados atribuidos a la relación con el otro.

Considera al síntoma psíquico como una formación de compromiso que busca un equilibrio. Obviamente, es una posición extrema, ya que el reciente arsenal de fármacos con efectos específicos permite, asociado con la intervención psicológica, efectos que disminuyen el sufrimiento y la duración de los complejos conflictos intrapsíquicos.

Desde una lectura del periodismo de investigación, se observa el aumento del consumo de psicofármacos, cabalgando sobre las diferentes crisis económicas y sociales, y la necesidad de ponerle un cierto orden a contextos de incertidumbre, estrés, redoble de la exigencia laboral y ansiedad. Cuando las soluciones rápidas se extienden en la cotidianeidad, emerge el riesgo de la automedicación descontrolada.

La industria farmacéutica también colabora con un marketing incisivo, para dominar el mercado local. Y, entonces, lo que puede ser un recurso útil compartido con la psicoterapia, resulta en descontrol y riesgo. En épocas de realidades líquidas, al decir de Zygmunt Bauman, aparece la necesidad de soluciones rápidas, contundentes y también evanescentes. Si obviamos las posiciones extremas -sólo psicofármacos frente a ningún psicofármaco-, es posible seguir un principio rector de un uso armónico e integrado entre psicofarmacología y psicoterapia, teniendo en claro la utilización diferenciada de los recursos.

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