#Opinión: Estado y desarrollo tecnológico: el ejemplo de Arsat
Edición y Dirección General: Farm. Néstor Adrián Caprov VER STAFF
Hace 3 años

Estado y desarrollo tecnológico: el ejemplo de Arsat

Adjunto #Opinión

La Investigadora del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Técnica José Babini (UNSAM) Erica Carrizo escribe en la edición de hoy del diario Página/12 esta columna donde analiza el rol del Estado en desarrollo tecnológicos argentinos como el Arsat.

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L
os movimientos de la empresa estatal Arsat y, en ese contexto, los posibles cambios que puede experimentar la gestión del satélite Arsat 3 resultan un motivo más que justificado para repasar las lecciones obligatorias de las trayectorias de desarrollo tecnológico de los países “exitosos”. Esto incluye mirar de cerca a los países de desarrollo temprano (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania), y en particular, a los países de industrialización tardía, como son los del Este asiático (Japón, China, Corea del Sur, Taiwán, India), los cuales han experimentado un crecimiento sin precedentes en base al desarrollo de sectores tecnológicos estratégicos. Como lo viene siendo el desarrollo satelital en Argentina.

Lo primero a señalar es que, antes de mirar cómo hicieron los otros, es preciso reconocer y destacar que algunas de las importantes claves del desarrollo tecnológico observadas en la estrategia de estos países fueron muy bien explicadas y puestas en práctica por un tecnólogo “nativo” que hace más de medio siglo lideró los inicios del desarrollo nuclear argentino: Jorge Sabato. La relevancia del establecimiento y la coordinación de relaciones virtuosas entre la infraestructura científico-tecnológica y la estructura productiva, como así también de la toma de decisiones deliberadas sobre cómo y dónde innovar, planteadas por Sabato, fueron ampliamente confirmadas por las trayectorias tecnológicas de los países que supieron encontrar sus propios senderos de desarrollo.

Independientemente de si estas experiencias fueron más o menos “mercado friendly”, no hay dudas de que un Estado fuerte e inteligente fue el denominador común, lo cual, lejos de ser novedoso, ha sido corroborado con una evidencia empírica contundente por varios autores especializados en el tema como Alice Amsden, Peter Evans, o Mariana Mazzucato, por mencionar algunos.

La salida al nodo gordiano en estos casos fue un Estado inteligente, articulador, interventor y disciplinador, que orientó el aprendizaje tecnológico y científico acumulativo, el desarrollo de capacidades endógenas, la selección de sectores productivos estratégicos, la compra nacional, y el diseño de instrumentos de gestión innovadores capaces de alcanzar los objetivos, considerando tanto las ventajas comparativas como las debilidades estructurales. Incluso para muchos de estos países, como Corea del Sur, Taiwán y la India, que debieron diseñar sus estrategias de despegue tecnológico partiendo de condiciones comparativas muy desfavorables en términos de capacidad de inversión, infraestructura científico-tecnológica, o posibilidades de desarrollo de sectores estratégicos competitivos en el mercado mundial, supieron usar el capital privado, la inversión extranjera directa, y la importación de tecnología, como “medios para” adquirir capacidades tecnológicas propias y no para eternizar sus posiciones de dependencia.

En este marco, el Estado centralizó la organización de las políticas públicas que deben confluir para la incubación y el crecimiento a largo plazo de sectores estratégicos que encarnen posibilidades reales de competitividad para los países semiperiféricos, como son la política económica, industrial, comercial, regulatoria, científico-tecnológica y educativa, por mencionar las más relevantes.

La batería compleja de instrumentos coordinados por el Estado que caracteriza estas experiencias resultó de romper con lo que Immanuel Wallerstein denominó la “ilusión del desarrollo”, o en otras palabras, asumir que las posibilidades de desarrollo no son iguales para todos, ya que resultan diferentes los puntos de partida.

Si los puntos de partida de los países son diferentes, resulta obvio que se requieren esfuerzos cuidadosos, estratégicos y planificados que habrá de liderar y defender quien realmente quiera ser el principal destinatario de los beneficios. Solamente sobre la base de este reconocimiento es que adquiere verdadera magnitud la noción de soberanía y puede verse con claridad lo que los otros aprendieron hace tiempo: lo que el Estado incuba y no protege, lo capitaliza y explota el mercado.
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