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Cazadores de alacranes y otros bichos: científicos argentinos se arriesgan a picaduras para crear antídotos

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BUENOS AIRES, enero 30: Investigadores argentinos pertenecientes al Instituto Malbran elaboran prácticamente todos los sueros antivenenos para los animales ponzoñosos de importancia médica en la Argentina y abastecen a todo el país.

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En un predio de cuatro manzanas en el corazón del barrio de Barracas está el Instituto Malbrán. Es un edificio centenario, patrimonio histórico, donde por ejemplo trabajaron los premios Nobel Bernardo Houssay y César Milstein.

Hoy ese organismo dependiente del Ministerio de Salud sigue siendo el instituto de bacteriología de referencia para el diagnóstico, tratamiento y profilaxis de enfermedades infectocontagiosas.

Los recientes casos de picaduras de alacrán volvieron a ponerlo en el centro de la escena: el Malbrán es el lugar donde se producen prácticamente todos los sueros antivenenos para los animales ponzoñosos de importancia médica en la Argentina (serpientes yararás, cascabel y coral; arañas viuda negra y marrón o del rincón y escorpión) y abastecen a todo el país. Los antídotos son la única forma de salvar una vida ante una picadura grave de estos animales.

Se trata de un trabajo artesanal que involucra a 25 personas (de un total de 136 agentes del Instituto Nacional de Producción de Biológicos) y que hace un promedio de 25.000 sueros antivenenos por año, que luego se distribuyen por todo el país.

“Del total de accidentes que se producen en la Argentina con animales ponzoñosos, aproximadamente el 85% corresponde a alacranes del género Tityus, que son los de importancia médica y para los que se necesita el antiveneno”, explica a Clarín el doctor Christian Dokmetjian, director del Instituto Nacional de Producción de Biológicos (INPB) de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS) Doctor Carlos Malbrán.

¿Pero cómo se llega hasta el antiveneno? El proceso, que se completa en un plazo de tres meses, comienza con las denominadas “comisiones de captura”, que consisten en enviar todos los meses a las provincias a pequeños grupos de biólogos y estudiantes de biología encargados de capturar los distintos animales venenosos para luego extraerles el veneno.

Las comisiones duran entre una semana y 10 días, y este trabajo es fundamental porque determinará cuántos lotes de antiveneno podrán producirse. “Tiene una limitante muy específica y es que depende de la captura. La producción es proporcional a la captura”, explica Dokmetjian.

El trabajo de colectar la cantidad necesaria no es sencilla. Además tiene sus riesgos: si alguno de los encargados de la tarea es picado, debe recibir asistencia médica inmediata. Los "capturadores” suelen llevar suero por las dudas.

En marzo el Malbrán tendrá listo el suero antiveneno para la araña bananera. Es una especie muy agresiva y muy grande. Y para capturarla debieron internarse en la selva misionera... sabiendo que en Argentina todavía no hay suero.

“Hay que ser temerario para hacerlo”, admite Dokmetjian, quien trabaja desde hace 20 años en el Malbrán y empezó, precisamente, integrando comisiones de captura.

Cada comisión captura en promedio unos 150 animales, a los que deben mantener vivos hasta regresar a Buenos Aires. Y en el caso específico de los escorpiones o alacranes, para fabricar un lote de 1.500 dosis se necesitan entre 500 y 800 ejemplares.

“A los escorpiones se les saca veneno por ordeñe, a través de microdescargas eléctricas. Con cada extracción se debilitan, por lo que esperan un mes entre cada extracción. Y por lo general no sobreviven a más de dos o tres extracciones”, agrega Dokmetjian.

Para mantenerlos vivos ya en cautiverio, además de alacranes tienen que criar a sus alimentos predilectos. Para los escorpiones adultos, cucarachas. Para las crías de alacrán, microgrillos.

Una vez extraída cantidad suficiente de veneno, se caracteriza y va al sector de inmunizaciones, donde se prepara el antígeno. De ahí pasa al campo en Marcos Paz, donde lo inoculan en caballos.

“Los sueros antivenenos se hacen en base al plasma de caballo. En todo el mundo se utiliza el mismo método”, acota el especialista.

“Los caballos se inoculan durante tres a seis semanas; cuando está en estado hiperinmune, se procede al sangrado. A cada caballo se le extraen unos 5 litros de sangre, de la cual se separa el plasma. Eso va al Malbrán donde continúa el proceso. Con distintos métodos químicos y físicos de filtración se va separando la inmunoglobulina, que es el antiveneno. Luego vienen los controles de calidad, para lo que utilizamos ratones de nuestro bioterio. Y el proceso termina en la nueva planta de envasado y etiquetado. Todo dura, en promedio, tres meses. Y esos medicamentos duran tres años antes del vencimiento”, añade.

Junto al Ministerio de Ciencia y el INTA, el Instituto Malbrán intenta ahora avanzar en un proyecto de desarrollo para reemplazar a los caballos por gallinas.

“Eso simplificaría mucho los procesos. Para empezar, una cuestión de espacio y logística. Además, sería menos traumático para el animal, porque en lugar de sacarle sangre se utilizarían los huevos”, concluye Christian Dokmetjian.

FUENTE: Diario Clarín.