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Mónica Müller: “la gente se automedica con antibióticos y se pone en riesgo a sí misma”ADJUNTO

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BUENOS AIRES, julio 25: La autora del libro “Sana, sana: la industria de la enfermedad” habla del rol de la industria farmacéutica en el abuso de los medicamentos, y asegura que la publicidad de estos productos es “nefasta”. Además, busca debatir un tema espinoso como la vacunación masiva. “Los medicamentos no son golosinas”, alerta.

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“Los medicamentos son medicamentos, no son golosinas ni son cosmética”. Con esa frase, Mónica Müller inicia una serie de respuesta sobre su último libro, “Sana, sana: la industria de la enfermedad”, donde aborda el tema del negocio en torno a la salud. Con varios capítulos dedicados a los laboratorios y el consumo abusivo de medicamentos, esta médica homeópata intenta discutir sobre algunos de los aspectos más relevantes del sector farmacéuticos: el abuso de los antibióticos y los productos de venta libre. “La gente se automedica con antibióticos y se pone en riesgo a sí misma, a su comunidad y al mundo porque cada antibiótico mal tomado aumenta el riesgo de que haya una bacteria resistente a todo que nos mate a todos”, fundamentó.

Durante la presentación de su libro, Müller realizó varias entrevistas donde abordó los temas de su libro. “Los medicamentos son medicamentos, no son golosinas ni son cosmética”, subrayó y apuntó especialmente al uso de antigripales y antibióticos. En tanto agregó: “La publicidad es nefasta cuando, por ejemplo, dicen ‘está cansado, tómese dos aspirinas’. Eso es una invitación a la hemorragia gástrica hecha por televisión”, argumentó

Además, intenta poner en debate un tema espinoso: la vacunación. “Las vacunas están dentro de las políticas de prevención y de salud. Lo que planteo en mi libro es que me parece que el tema de las vacunas merece más debate. No estoy de acuerdo con la idea de no vacunar, es un tema muy delicado”. No obstante, desde su mirada, “hay factores en los que hay que trabajar más; por ejemplo, la provisión de agua corriente, de viviendas saludables, y de instrucción de la población que, en todo el mundo, han demostrado ser muy efectivas para prevenir enfermedades infectocontagiosas”, recalcó.

Según una reseña de la agencia Telam, el libro “denuncia el rol de la industria farmacéutica en la construcción de un cambio de percepción social y cultural que nos obliga a silenciar las expresiones naturales de nuestro cuerpo y a consumir las drogas que el negocio de la enfermedad diseña para lograrlo”.

Este silenciamiento del cuerpo ¿se da de una manera taxativa? -Ninguna generalización es totalmente válida; sí­ hay una tendencia muy clara y lo veo en la vida diaria donde esta relación con los fármacos de los laboratorios es muy fuerte. Todas las drogas que usamos, comunes, alopáticas, son contra algo: analgésico, antitodo, antimanifestaciones del cuerpo y a eso se orienta la industria. Aparece un dolor y enseguida se toma un corticoide, un antiinflamatorio, un analgésico, eso nos lo ha instruido la industria farmacéutica. Frente a una gripe en 40 minutos hay que estar curado, ni siquiera te lo pueden prometer, porque un virus dura dí­as pero acallan los sí­ntomas para que nadie se de cuenta que estás con una gripe. Es muy impresionante cuando los pacientes llaman a los médicos, le presentan algún síntoma -"me duele la cabeza, tengo diarrea, el colesterol alto"- y no preguntan qué hago sino qué tomo, para cualquier dolencia hay un remedio.

¿Pensás que es posible recuperar esa visión integral del paciente, que fue en gran parte suplantada por los especialistas? -Es una visión que tenemos los médicos homeópatas u otros médicos convencionales, que son sensatos y resisten la presión de los laboratorios y de la sociedad. Entre los pediatras está empezando a haber más conciencia, no llenan a los chicos de remedios. Muchí­simos médicos consideran que la mejor forma de prevención para estabilizar la presión, controlar el colesterol -algo que está medido por estadí­sticas serias- es caminar una hora por dí­a; comer sobre todo vegetales o dieta mediterránea, acciones que mejoran los parámetros y previenen la enfermedad cardiovascular, bajan el colesterol. Mucho más efectivo que tomar medicamentos. Uno se confronta con el peso de la televisión, las propagandas, el delivery, el médico, el ¿qué tomo? del paciente, la presión de la industria en todo momento. Es un problema cultural, muy complejo.

Sí­, el tema cultural sobrevuela en todo los procesos, marcás por ejemplo que hoy no se puede estar triste o deprimido... -Claro, si una mujer no está arreglada, pintada, se ve mal, provoca rechazo. Hay una presión de la sociedad que no lo permite, tanto psicoanalistas y médicos homeópatas vemos todo el tiempo cómo los sentimientos amordazados causan enfermedades.

¿Qué cosas han mejorado a través de los años? -La gente hoy vive más... como dice el dicho ‘no hay que tirar el agua sucia con el chico adentro’. No adhiero a las ideas conspirativas contra los laboratorios, si no existieran los antibióticos -que están dejando de hacer efecto-, los corticoides y otras drogas que son vitales volveríamos a la Edad Media. Hay que entender y reconocer el valor de esas drogas maravillosas creadas por la biologí­a médica, cuidarlas y utilizarlas cuando realmente sea necesario. Y también el dí­a que las medicinas alternativas y la convencional caminen a la par, colaboren entre sí­, se va a producir un gran avance.

La lectura del libro lleva a ver la magnitud de los problemas que se suscitan pero también la dificultad para resolverlos... -Hay que debatir qué es aceptable y que no: es una locura que haya publicidad de aspirina que te puede matar, como la venta libre de antibióticos o los médicos que indican una droga y son socios en el laboratorio donde la fabrican...

¿Cómo trabaja el Estado en la prevención de las enfermedades? -Estos años ha habido un trabajo magnífico que indirectamente incide sobre la salud; hasta las rutas, las viviendas, todo lo que se ha construido, las redes de agua potable que se han instalado, es enorme lo que se ha hecho pero totalmente insuficiente porque vení­amos del desastre. Lo que queda es la infraestructura y la instrucción de la gente, un tema con el que el Ministerio de Salud ha trabajado muy bien. Lavarse las manos, ventilar, insisten con eso; ahora si le decí­s esto a alguien que vive en un pueblo del interior sin agua corriente, sin cloacas, no estás haciendo prevención primaria que es lo principal. Al hablar de la prevención, un tema que surge es el de las vacunas, se sabe -no es mi opinión- que no es lo más efectivo, salvo que aparezca una epidemia. Algunas, como la del cáncer de cuello (HPV)es contra un virus en el cual dos cepas pueden llevar a un cáncer pero unido a asuntos como el inicio de relaciones sexuales muy tempranas, tener más de cinco hijos o múltiples parejas sexuales, el tabaquismo. Hablan de la necesidad de hacerse el Papanicolao, pero las que se mueren de cáncer de cuello, viven en las zonas más pobres del país y no ven un ginecólogo en su vida. El Estado tiene que generar condiciones para que todas las mujeres se puedan hacer este estudio. Esto es prevención, no vacunar por vacunar, un tema que requiere debate.

¿Cuál fue tu prioridad al escribir el libro? -Poner en foco lo que se sabe pero no se proyecta en la vida diaria. Les duele una uña y se clavan un ibuprofeno en vez de poner el dedo en agua con sal. La utilidad del libro es que la gente lo lea y antes de comprar un remedio piense si no es mejor tomar un té con miel y quedarse en la cama. Me gustarí­a que ocurra eso.