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Farm. Néstor Caprov

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VIENDO 15/6/15
HumorProfesionalfarmacéutico

#HumorProfesionalfarmacéutico

UNA DE GUERRA II La traición de Galache

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Los antiguos quisieron igualarse con los dioses y llamaron “creación” al hacer “arte” y “gloria” a la fama. En este tiempo chapucero, la “gloria” fue reemplazada por la “celebridad”. Entre las multitudes de lectores, entre los espectadores de la narrativa bélica, pocos habrán leído a Galache. Ya lo sabemos. No se haga el canchero. Hacerlo ya no es requisito para nuestra familiaridad con su sombría vida y su deleznable obra literaria . En un renovado pacto fáustico con el demonio, el precio de haber sido célebre es la inmolación de la intimidad en los altares de este espacio de Mirada Profesional farmacéutica. Hay lectores de masas y de elite. El resultado es siempre el mismo. Antes el escritor famoso entraba al morir en lo que llamaron, otra vez con términos teológicos, el “purgatorio”. Si su obra tenía la fuerza de inspirar lecturas diferentes en generaciones cuyos gustos y exigencias el muerto no pudo calcular, salía de este “purgatorio” y llegaba al “paraíso” en que para siempre los coros de los ángeles (críticos y lectores) entonarían su alabanza. Hoy a la celebridad GALACHE le sucede el infierno de los pasquines. Todos somos culpables porque todos somos ávidos consumidores de sus productos. Las justificaciones varían: queremos indagar cuáles condiciones históricas e íntimas hicieron posibles la vida de nuestro escritor y su miserable obra maestra “UNA DE GUERRA”. No sabemos nada de nadie, ni siquiera de nosotros mismos; el escrutinio nos permite conocer a un muerto como jamás conoceremos a los vivos que nos rodean. Su “celebridad” aplasta nuestro anonimato: el goce de sentirnos superiores nos da el recuento de sus diatribas humanas. El tercer tomo de The Bourgeois Experience: Victoria to Freud, Peter Gay examina el humor como agresión defensiva, basada en la idea de la propia superioridad, que se origina en ocultas inseguridades aterradoras. Burlarse de los otros es quemar incienso en las aras maltrechas de nuestro ego. Nada describe mejor nuestra actitud editorial ante el revisionismo póstumo. El tipo actual de relato GALACHEANO (agarrámela con la mano) que pretende decirlo todo y poner en letra impresa lo que hasta ayer sólo se escuchaba en conversaciones privadas, es un acto de agresión. Sus lectores no tenemos vergüenza. Nada. Solo contamos lo que nos parece. Sabemos y lo podemos sostener en donde sea preciso que “de la traición nunca se vuelve": Quedan todos anoticiados. De todos modos, nos las arreglaremos para escribir , después de este segundo episodio, la tercera y última parte de UNA DE GUERRA, EXTRAIDO DEL CUADERNO DE NOTAS DEL SARGENTO FABIAN MARTIN, AL MANDO DE LA PATRULLA “LOS HIJOS DE FARMAN” DE HEROICO DESEMPEÑO EN COMBATE.

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Farmacias y entidades del sector salud afirman que no pueden pagar el bono extraordinario
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“y no te asustes si me rio como un loco/es necesario que mañana sea así/será la vida que siempre nos pega un poco/nos encandila con lo que está por venir. (Los Piojos)

U N A D E G U E R R A

2DA PARTE: LA TRAICION DE GALACHE (EXTRAIDO DEL CUADERNO DE NOTAS DEL SARGENTO FABIAN MARTIN, AL MANDO DE LA PATRULLA “LOS HIJOS DE FARMAN” DE HEROICO DESEMPEÑO EN COMBATE)

AÑO 2020 : ABRIL 19 : 0500 HS

El sargento Fabián Martín despertó pensando que no había pasado una buena noche. Inmediatamente se dio cuenta de lo raro que era ese pensamiento. ¿Acaso eso es posible en tiempos de guerra?-se preguntó. Y comprendió que pretender tal cosa, era una prueba de que uno acaba acostumbrándose a todo. Se dirigió a las letrinas que habían improvisado entre los escombros de lo que alguna vez había sido el próspero edificio del Colegio de Farmacéuticos de Lanús, antes de que fuera bombardeado. Mientras orinaba, con el fusil cruzado a su espalda, vio acercarse al sargento primero Alberto Cogliano, que le dijo: -“Che, Martín: el general quiere verte ya. Dejá todo lo que tenías pensado hacer y andá ahora mismo a la carpa del comando. Parece que es muy urgente”- -“¿Más urgente que esto?”-dijo Fabián, señalando con un gesto el chorro de orina. –“No te hagás el boludo. En serio: parece que es algo grave”-

Cuando el sargento entró en la Jefatura del Comando, sintió que Cogliano no había exagerado. Estaba la plana mayor rodeando la mesa donde se había improvisado una maqueta con la réplica del espacio de operaciones de todo el país. Un inmenso mapa tridimensional mostraba la distribución de las farmacias que todavía no habían caído en poder del enemigo señalizándolas, en un alarde de originalidad, con una cruz verde. Con cruces negras se marcaba el avance de los maxikioscos expendedores de medicamentos. Y con cruces amarillas, las farmacias pertenecientes a cadenas, mutuales, falsas sindicales, etc., que, de acuerdo a su conveniencia, combatían de un lado u otro. En ese mapa, las cruces verdes, parecían pequeñas hojitas de trébol en un taxi negro y amarillo.

El ambiente era de muchísima tensión. El general Caprov apenas disimulaba su furia al hablar y golpeaba nerviosamente sus dedos contra la mesa. Al ver entrar al sargento Martín se apartó del resto y caminó hacia él.

-“Buen día, mi general”- dijo el sargento haciendo la venia-“¿Me mandó a llamar?”

- “Si, Martín-respondió Caprov, devolviendo el saludo. -“ Prepare a sus hombres. Tienen una tarea especial. Salen en media hora.”-

–“¿De qué se trata?”- preguntó Martín, intrigado-

-“Voy a encargarles una misión muy difícil. Tal vez la más difícil de las que les haya encomendado. Van a llevar un refuerzo de armamentos y municiones a los muchachos que recuperaron el Ministerio de Salud. Son 3 ametralladoras de pie MK-7 y 5 misiles aire-kiosco, entre otras cosas. Utilicen el camión de asalto nuevo, así van más rápido.”-

Fabián Martín miró al general tratando de escrutar su rostro.

–“Con el debido respeto, mi general: ¿Me está ocultando algo?”-

-“¿Por qué lo dice, sargento?”-

-“No parece que un simple delivery de armamentos sea una misión demasiado arriesgada para un grupo de elite como el nuestro. Fuimos entrenados como grupo comando, mi general. Los hijos de Farman han sido rankeados entre los top ten de los cuerpos de asalto en el último número de la revista “Soldier”. Algunos de nuestros hombres han llegado a tener farmacia cerquita de alguna Farmacity o se han enfrentado a cadeneros descuentistas. O sea que coraje es lo que les sobra.

Una de dos: o usted nos subestima o sobreestima el riesgo de la operación.”-

Se produjo un silencio que pareció eterno para Martín. Finalmente, con un suspiro profundo, y una voz abatida, el general, apoyando una mano sobre el hombro del sargento, dijo:

-“Fabián: ¿podemos hablar como dos viejos colegas y amigos por un minuto? De verdad, necesito hacerlo como en los viejos tiempos.”-

El sargento Martín comprendió que algo muy malo estaba sucediendo.

-“Decime qué está pasando, Néstor. Debe ser grave para que des tantas vueltas.”

–“Lo es- dijo Caprov- el más duro golpe que haya recibido nuestro ejército desde que comenzó la guerra. Y no lo produjo el enemigo, sino uno de los nuestros. Encontramos un traidor, Fabián.”

El sargento Fabián Martín creyó que había escuchado la peor frase de su vida. Se equivocaba. Minutos después escucharía otra peor. Una oleada de indignación sacudió su sangre. Para un guerrero, como para un amante, la traición es el peor de los pecados: el único imperdonable.

Mientras acomodaba su conciencia, para asimilar el golpe, sólo atinó a preguntar: -“¿Estás seguro … completamente seguro?”- “Lamentablemente, sí –dijo Caprov- “Pero, más terrible que haber encontrado a un traidor en nuestras fuerzas, es haber descubierto quién es. Creo que hubiera preferido no saberlo”

-“Dame el nombre de ese hijo de puta”-dijo Martín apretando los puños-“Yo sí prefiero saberlo”.

Cuando escuchó la respuesta, un abismo se abrió bajos sus pies, y pensó que esa sí era la peor frase que le hubieran dicho jamás. Otra vez se equivocaba. Las más terribles palabras que oyera en su vida, se las dijo el general Caprov, al final de la charla. Pero entre ese momento y éste, en el que el sargento Fabián Martín acaba de conocer el nombre del traidor, hay un abismo. Vamos a recorrerlo con él. No escuchó más nada. Los labios del general Caprov siguieron moviéndose, pero Fabián Martín ya no estaba allí. Como el sabor de las magdalenas mojadas en la taza de té para Proust, el nombre del traidor lo empujó hacia otro tiempo más dichoso: los días de la facultad. Y el recuerdo de esos días “convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria”.

Mientras se deslizaba hacia el laberinto del pasado, arrastrado por una fuerza más sutil y más poderosa que la prepotencia del presente, Fabián intuyó que lo que intentaba hacer su conciencia no era, solamente, tratar de entender. Era un desesperado acto de exorcismo, conjurar a los dioses del pasado para alterar el presente. Pero el sargento Martín volvía a equivocarse. Lo que iba a suceder era exactamente lo contrario. En la atroz oscuridad del presente, este hombre estaba condenado a perder su pasado.

Catapultado hacia atrás, Fabián se vio a sí mismo en el hall de entrada de la facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires. Y reconoció en el tumulto de guardapolvos blancos la risa de aquel que acababa de ser acusado de Judas. Lo vio, como lo había visto miles de veces, siendo el centro de atención con su charla chispeante, divertida, inteligente. Lo vio rodeado de bellas mujeres y de muchachos que lo admiraban y querían parecerse a él.

Se acercó para observar ese rostro con detenimiento, y, por más esfuerzo que hizo, no pudo ajustar, en la perfección de esas facciones, la máscara de un Cobos, votando no positivamente. Embriagado por el sabor del recuerdo, Fabián se detuvo frente al bello Lucifer y quiso gritarle ¡Traidor!. Pero al contemplar esos ojos, en los que brillaba la luz de los elegidos, sólo pudo exclamar : …¡Galache! Y salió corriendo hacia la calle.

Con una tristeza infinita, se sentó a llorar en un banco de la Plaza Houssay .

“¡Galache, traidor! ¡Galache, traidor!”- el sargento Fabián Martín se repetía esta frase como un mantra, como si no pudiese entenderla. O, mejor dicho, como si al repetirla, pudiera conseguir que su imaginación representase lo que significaban las palabras en abstracto. Le costaba hacerlo. No podía entender que dos términos antitéticos pudieran fusionarse. Era como decir “blanco negro”, o algo así. El concepto traidor era lo opuesto al concepto Galache, como la noche es lo opuesto al día, o la capacidad y la responsabilidad de dispensar un medicamento es lo opuesto a ser kiosquero.

Intentó recordar cuándo y cómo lo conoció. No pudo hacerlo. Cuando él había ingresado a la Facultad, Galache ya era un mito. Por todos lados se contaban historias acerca de sus proezas. Como dirigente estudiantil, Galache había encabezado todas las protestas y su nombre se asociaba a los heroicos días de la toma del Rectorado. Galache había marchado al frente de los estudiantes y cuando aparecieron los de la policía montada con los bastones largos y los gases lacrimógenos, él se había sacado la camisa y la utilizó como improvisado antifaz. Y con el torso desnudo, mientras el resto de los estudiantes se replegaban, Galache corrió hacia uno de los uniformados, esquivó los bastonazos y las patadas y consiguió derribarlo. Y acto seguido, de un salto, montó en el caballo blanco y sosteniendo las riendas del brioso corcel con su mano derecha, levantó la mano izquierda haciendo la V de la victoria.

Eso fue la apoteosis. Miles de estudiantes, desafiando las balas de goma, los golpes, los gases, corrieron hacia donde estaba su líder. Y la policía se batió en retirada. Galache, con el torso desnudo, montado en su caballo blanco, entró en las oficinas del Rector, que temblaba de miedo, rodeado de un grupo de decanos, igualmente temerosos. Sin bajarse del caballo, con una sonrisa que era su mejor arma, Galache sacó del bolsillo trasero de su jean, un papel y se lo alcanzó, diciendo: -“Señor Rector, este es el petitorio que los estudiantes queremos discutir con usted. Dadas las circunstancias, nos vimos obligados a acercárselo a su despacho, aprovechando la vía de comunicación que usted nos facilitó. Le damos media hora para que lo lea y firme. Caso contrario, usted perderá su reino y su caballo”- El rector firmó.

De Galache se contaban miles de anécdotas. Todas mostraban su costado heroico. Y, a pesar de que algunas de las historias, eran, evidentemente, ostensibles exageraciones, no se podía poner en duda su núcleo de verdad. Es que nadie estaba más dotado que Galache para el papel de héroe, nadie poseía el pysique du rol más apto. Alto, atlético, vigoroso, unía a su físico de deportista, una agilidad y una energía increíbles. Las mujeres amaban a Galache. Los hombres lo admiraban y, en su fuero íntimo, lo envidiaban. Es que tanta perfección era inhumana y, francamente, intolerable. Si se armaban campeonatos de futbol, todos querían estar en su equipo porque, cuando él jugaba, la victoria estaba asegurada. Obviamente, jugaba de 10, un poco echado hacia atrás. Y no era raro verlo pidiendo la pelota en el área chica de su campo y enhebrar una obra maestra, digna de un barrilete cósmico, apilando jugadores contrarios a diestra y siniestra, para terminar depositando, suavemente, el balón en el fondo de la red adversaria. Como estudiante, era brillante.

A su memoria de bibliotecario erudito, le sumaba la implacable lucidez de una mente superior. Muchas veces, los mismos profesores venían a consultarlo y su opinión tenía el peso y la autoridad de un especialista. En ocasiones, luego de alguna pregunta devastadora que les hacía en medio de un seminario, tenían que admitir su ignorancia y prometer que averiguarían el punto más adelante.

Fue memorable cuando el mismo Galache debió terminar una clase de física nuclear, (que por ese entonces, figuraba como materia obligatoria de la carrera, seguramente por su utilidad para enfrentar la competencia desleal de los kiosqueros, cuyos planes de estudio, mucho menos rigurosos, no la incluían), luego de que el profesor De Paoli, titular de la cátedra, entrara en convulsiones al no poder, no ya responder la pregunta que había hecho Galache, sino, tan siquiera, entenderla. Bajando a los saltos desde las gradas, ocupó el centro del aula magna susurrándole, al catedrático: -“De lo que yo le hablo, usted ni siquiera sabe que lo ignora”- Y, acto seguido, apartando con delicadeza a De Paoli, que, humillado, entró en crisis epileptoide, y con una simpleza extraordinaria, a partir de la constante de Plank, aplicando la ecuación de Einstein, Galache demostró que era infinitamente más posible transmutar el nitrógeno en oxígeno, mediante el bombardeo con partículas alfa, tal como lo hiciera Rutherford en 1917, en una cámara de ionización, que obtener un farmacéutico a partir de un kiosquero, por más bombardeo publicitario que realizara la industria farmacéutica, en una cámara de diputados.

Los posters autografiados de Galache se vendían en la fotocopiadora más que el del Che Guevara. De hecho, había uno en el que aparecía fumando un habano, al estilo del Che, con la leyenda: “Si es Bayer, es bueno: siempre y cuando se venda sólo en farmacias. Si no es malo, muy malo”. Se comentaba que en el baño de mujeres, las más osadas, escribían, en las paredes y las puertas, poemas de amor subidos de tono, donde narraban, con un lenguaje adulto, crudo, al límite de la procacidad, las proezas amatorias que habían tenido la oportunidad de disfrutar en los musculosos brazos de Galache, amante furtivo de miles de universitarias, de muchas ayudantes y de varias Jefas de Trabajos Prácticos, e, incluso, de una que otra Titular de Cátedra. Muchas parejas, presuntamente estables, se derrumbaron como un castillo de naipes, por el tsunami de seducción que era Galache.

Fue natural, entonces, que, muchos años después, ya recibidos, y con varios años de ejercicio profesional, los farmacéuticos, al comenzar la guerra, encontraran en este dechado de perfección, que los había deslumbrado en sus tiempos de estudiantes, a su líder indiscutido.

Galache los convocó al combate, en un célebre discurso que diera, precisamente en el aula magna de la facultad. “¡Farmacéuticos!”-los arengó-“¡Desde estas pirámides 40 siglos os contemplan!”-

A nadie pareció importarle que plagiara descaradamente a Napoleón y que no hubiera ninguna pirámide por los alrededores. Era la palabra de Galache. Eso era suficiente. Desde todos los puntos del país, contingentes de farmacéuticos se sumaban a la lucha, inflamados de espíritu guerrero por la verba ardorosa del comandante Galache, Jefe Supremo de las fuerzas de la Restauración Farmacéutica.

Ya en pleno fragor del combate, Galache volvió a mostrar su estatura de héroe. Los partes de guerra que publicaba Mirada Profesional, el órgano de prensa oficial del Comando General Farmacéutico, resaltaban los actos de heroísmo, que, cotidianamente, cometía Galache, al frente de su pelotón, el cual, como era de prever, se hacía llamar “la patrulla de Neo”.

Eran invencibles, arriesgados, heroicos. Muchas veces, el enemigo se batía en retirada, sin presentar batalla, cuando los hombres, al mando de Galache, entraban en acción.

Y el resto de los farmacéuticos se sentían protegidos por el aura que emanaba de esa figura venerable. Cuando el ánimo decaía, y la tropa sentía que la lucha no tenía sentido porque el enemigo era muy poderoso, bastaba enterarse de una nueva hazaña del héroe, a veces una arriesgada picardía (como cuando tomó por asalto un maxikiosco de la avenida Corrientes durante dos semanas y atendió vestido de farmacéutico explicándole a la gente los peligros de comprar medicamentos fuera de las farmacias) para sentir, nuevamente, que valía la pena el combate.

Si estaba Galache, la victoria era segura.

Todo esto pasaba por la cabeza del sargento Fabián Martín mientras el general Caprov hablaba. Cuando regresó del túnel del tiempo, en el que se había sumergido, alcanzó a escuchar, como en una pesadilla, las últimas palabras de Caprov, las más terribles que oyera en su vida.

–“¿Entendés, ahora, porqué te pido que lo mates?”-

–“¿Cómo?...¿Qué estás diciendo, Caprov?”-rugió Martín, como un león herido.

-“Lo que escuchaste, Fabián”-replicó Caprov, amargamente.

–“Hay que matar a Galache”-

(CONTINUARÁ)

Farm. Néstor Galache Pauli