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Patentes o publicaciones científicas: dilema de la ciencia local ante avances en materia de medicamentosADJUNTO

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BUENOS AIRES, septiembre 20: Muchos descubrimientos con potencialidades en la industria farmacéutica terminan fracasando por la falta de inversión. Los laboratorios no se interesan por los avances locales. Las casas de estudio privilegian la publicación científica y no reparan en la necesidad de inversión. Un caso para entender la necesidad de unir ciencia y producción.

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Desde hace un tiempo, un grupo de científicos argentinos lograron desarrollar un antiviral capaz de curar algunas infecciones como la conjuntivitis, y que podría tener potencialidades para tratar enfermedades respiratorias. El avance generó un debate entre los participantes: si patentar el futuro tratamiento o publicar un paper en revistas científicas. El dilema deja al descubierto una tensión que suelen tener los investigadores, cuando dan con algo potencialmente interesante para la industria farmacéutica. De este caso, se desprende que los laboratorios no suelen invertir demasiado, y las entidades de la ciencia no suelen tener en cuenta esas necesidades. Una historia para tener conocer el difícil momento de investigar en la Argentina.

Claudio Wolfenson es director de Producción y Asuntos Regulatorios del laboratorio farmacéutico Instituto Massone, que se asoció al CONICET y la UBA para investigar un antiviral con potencialidades farmacéuticas. “El descubrimiento fue my promisorio y dio lugar a una patente y a dos refuerzos, por otras propiedades que se encontraron, algo que nos da tranquilidad y un poco de apuro, porque las patentes tienen un vencimiento y necesitamos que la aprobación farmacéutica se haga dentro de ese plazo”, recordó en una nota publicada por la Agencia TSS, de la Universidad de San Martín.

El producto al que se refiere el especialista surge de un hallazgo de los investigadores Lydia Galagovsky y Javier Ramírez, del Departamento de Química Orgánica de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, que lograron sintetizar una estructura química análoga a lo que se denomina estigmastano, que conjuga una actividad antiviral con otra antiinflamatoria, no solo contra el Adenovirus sino también contra el virus herpes y otros virus animales. Fue la única estructura química de las más de 90 que sintetizó el equipo de químicos, que presentó características promisorias.

En ese momento, comenzó el dilema entre los científicos. Es que por patentar el futuro medicamento no se pudo hacer una publicación en una revista, lo que limitó la carrera de algunos becarios. Allí, quedó a descubierto la falta de trabajo en conjunto entre las unidades científicas y los laboratorios. “La industria no es muy innovadora en argentina. El sector farmacéutico, en general, ha trabajado trayendo las drogas del exterior y desarrollando las formas aquí, pero no hay un desarrollo desde cero”, comentó Wolfenson y considera que “probablemente haya muchos grupos de investigación en universidades que están trabajando en moléculas que podrían ser interesantes, pero no es habitual la conexión entre esos grupos y la industria”.

Para muchos científicos argentinos, academia e industria aparecen “desvinculadas”. “Para que la industria financie las investigaciones, la universidad tendría que ofrecer ciertas ventajas, como tener muchos investigadores trabajando en un tema o un equipamiento que no tiene la industria. Por otro lado, para que dentro de las universidades haya grupos de trabajo que se dediquen a la investigación para la industria, tendría que haber muchas más industrias interesadas, de modo que los investigadores sientan que eso les sirve de financiación y les da suficiente prestigio, porque no solo pueden publicar sino también tener patentes, y el CONICET debería reconocer que una patente es casi tan valiosa o más que un paper, en caso de que salga”, concluye Wolfenson.

Actualmente, Laura Alché y Flavia Michelini, del Departamento de Química Biológica de la misma facultad, comenzaron a probar ese compuesto en cultivos celulares, y el equipo de Alejandro Berra de la Facultad de Medicina, también de la UBA, ya está haciendo los estudios pre-clínicos, evaluando el producto en animales de laboratorio, específicamente en ratones, ratas, conejos y ovejas.

“Tuvimos restricciones para la publicación de los trabajos científicos y eso pone en riesgo nuestra fuente de trabajo, como ocurrió con colegas del laboratorio, que por guardar la confidencialidad no podían publicar y cuando tuvieron que concursar cargos o ingresar al CONICET tuvieron dificultades porque no tenían la cantidad de publicaciones que el sistema científico exige… eso nos trajo muchos prejuicios”, confiesa Alché y se lamenta: “es una situación muy delicada porque tenemos que seguir trabajando y produciendo como científicos del estado, pero al mismo tiempo estamos constreñidos a las limitaciones que nos impone o que nos imponía la confidencialidad”.

Situaciones como esta parecen ser usuales en el ámbito científico, y esos “prejuicios” a los que se refiere Alché se reflejan como un conflicto de intereses también en el sector industrial. “Las necesidades de la industria y las de la academia son muy distintas”, reconoce Wolfenson y sugiere que “sería bueno sentar en una mesa a las dos partes, ya que para que esto funcione tiene que haber una coincidencia de intereses”.